Andrea Chénier, con Kaufmann (ROH)

 © ROH. Bill Cooper 2015
© ROH. Bill Cooper 2015

Memorable. Esa es la palabra que a mi juicio mejor define la soberbia representación de la ópera ‘Andrea Chénier’ que se pudo disfrutar la noche del 29 de enero en cines de toda España desde el Covent Garden londinense dentro de la temporada de ópera de la Royal Opera House.

La ópera que escribió Umberto Giordano con libreto de Luigi Illica, basado libremente en la vida del poeta francés André Chénier (1762-1794), ejecutado durante la revolución francesa, es una de las más completas óperas veristas del repertorio, y sin duda, ofrece la posibilidad de lucirse a los cantantes que desempeñen los roles principales con una partitura repleta de expresividad, emotividad y melodías de altísima calidad. Los medios ingleses hablan de la vigencia del texto de la ópera, en la que el poeta es condenado a muerte por expresar sus ideas. Después de los acontecimientos recientes de París, desde luego parece que poco o nada se ha evolucionado.

Han de ser cantantes de nivel los que encarnen los papeles protagonistas, y en esta ocasión la representación contó con el barítono Željko Lučić (Carlo Gérard), la soprano Eva-Maria Westbroek (Maddalena de Coigny) y  el tenor Jonas Kaufmann (el poeta Chénier). Espectaculares, tanto a nivel vocal como interpretativo.

Hablar de Kaufmann ya resulta difícil pues se acaban los adjetivos. Borda uno de los más complejos y exigentes roles del repertorio tenoril. El papel de Andrea Chénier, el poeta revolucionario condenado a morir en la guillotina, exige lo mejor del cantante y actor, y el tenor alemán hace suyo el personaje, ofreciéndonos una interpretación para el recuerdo. ¿Dónde está el techo de este cantante?
La holandesa Eva-Maria Westbroek estuvo inmensa. Conmovedora en ‘La mamma morta’ y tremenda en el último acto, mostrando buena química con el tenor.
Lucic posee una estupenda voz de barítono. Ofreció un extraordinario Carlo Gérard, de principio a fin, con un ‘Nemico della patria’ valiente y apasionado.
Los secundarios (Denyce Graves, Elena Zilio, Rosalind Plowright, Roland Wood, Peter Coleman-Wright, etc.)  y el coro también mantuvieron el nivel.

La puesta en escena del escocés David McVicar dejó el protagonismo a los cantantes; una bandera tricolor a modo de telón con la inscripción «Incluso Platón prohibió poetas de su República», escrito por Robespierre en la sentencia de muerte del poeta Chénier y un efectivo decorado que muestra una imagen realista del siglo XVIII francés acompañado de un estupendo vestuario de la diseñadora Jenny Tiramani.
Antonio Pappano dirigió la orquesta con fervor. El intenso último acto, con orquesta y cantantes al límite resultó espeluznante. Un momento, junto a otros pasajes de la ópera, que pone la piel de gallina.
En resumen, una bellísima ópera extraordinariamente representada, con un cantante destinado a marcar una época debutando en un rol tan complejo como apasionante. El Chénier del siglo XXI.

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